100 semanas

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He tenido el honor y el privilegio de completar 100 columnas en este espacio que tan generosamente me ofreció La República hace dos años y que agradezco de todo corazón porque he podido comunicarme con una comunidad de lectores que busca y necesita información veraz, contenidos objetivos, visiones diferentes, sin sesgos ni pasiones.

Es una labor gratificante, también de mucha responsabilidad y trabajo, exige investigación, reflexión y síntesis, un ejercicio que me ha sido útil para darle voz a posiciones de manera directa y honesta, pero con el cuidado indispensable de discrepar sin ofender, de responder sin soberbia, de escuchar opiniones distintas, de proponer acciones justas y reconocer el valor que tiene cada ser humano en esta sociedad asimétrica.

Muchas de mis columnas han estado dedicadas al turismo porque estoy convencida de que a este sector no se le ha dado la prioridad que se ha ganado y merece, que apoyarlo y promoverlo le ayudará a Colombia a crecer de forma sostenible, con un equilibrio entre lo social, lo económico y lo ambiental que le permita distribuir mejor la riqueza.

Pienso que si todos trabajamos juntos podremos hacer de Colombia un gran país, con más posibilidades para generar empleo y cambiar el mundo egoísta en el que estábamos atrapados antes de la pandemia.

Si algo he procurado en todo este tiempo es que mis columnas sean propositivas, creo en el esfuerzo de contribuir en la construcción de un país emprendedor y próspero, por lo que he dedicado muchas líneas para llamar la atención sobre la equidad y la justicia social como el mayor desafío que tenemos, así suene quimérico o quijotesco.

Estoy convencida de que todos debemos hacer nuestro mejor esfuerzo en la defensa de los valores, actuar con ética por el bien colectivo, sin egoísmos ni vanidades, con respeto a la libertad de expresión y de pensamiento, siempre bajo las reglas del juego democrático.

En el mundo de hoy hay otros conceptos que he considerado fundamentales, como el acceso a la tecnología, a la posibilidad de tener internet sin restricción, a una buena educación gratuita y pertinente -sobre todo para los de menores recursos-, a una salud digna, a poder respirar un aire sin contaminación, a tener servicios básicos y un desarrollo sostenible, porque ya está claro para casi todos (siempre hay sus excepciones) que si seguimos destruyendo el planeta a la velocidad en la que lo hacemos, los hijos de nuestros hijos no tendrán glaciares, ni selvas, y muchas ciudades costeras habrán desaparecido.

He defendido la importancia de tener una economía abierta y diversificada, con innovación y emprendimiento, impulsada por un gobierno eficiente, diligente y transparente, que genere las herramientas que le ayuden a las empresas a mejorar de las puertas para adentro y le permitan fortalecer su productividad y su compromiso con el desarrollo y el bienestar de la población.
He considerado que el sistema político debe ser consecuente, que debería buscar más consensos para el bien común; gobernar, legislar y dictar justicia para que todos tengamos las mismas posibilidades y el país pueda cumplir con el mandato constitucional de promover una economía social de derecho, de libre empresa, que provea los servicios públicos fundamentales y garantice la atención de las comunidades vulnerables.

Gracias a La República, a su director, a sus periodistas. Espero seguir acompañándolos con muchas columnas más.

Publicada en La República aquí

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